Cojo el metro en Metropolitano y a los minutos ya estoy en la parada de Retiro, la boca de metro emerge dentro del propio parque por lo que comienzo al instante a echar fotos. Sin ninguna idea en la cabeza me dispongo a echar fotos de todo lo que veo;árboles, gente paseando, niños corriendo, parejas navegando por el lago pero sobretodo árboles, muchos árboles. La época es perfecta, en mis fotografías se contrastan los verdes llamativos del verano con los colores rojizos y anaranjados cálidos del otoño. Me siento tranquilo, sereno, la vegetación me lleva a un mundo que nunca había pisado. Durante dos horas no paro de echar fotos; parezco un turista japonés. Con los ojos centrados en la cámara, solo observo el parque por la pantalla de mi aparato, que de vez en cuando se congela guardándose para siempre. Cuando al final de la tarde doy por terminado mi archivo fotográfico del Retiro, envío las fotos a imprimir.
Al cabo de las horas, me encuentro con un gigante paquete de fotografías que todavía no había ni mirado. Llegué a mi cuarto, tiré las fotos en el suelo y empecé a clasificarlas por lugares o ideas. Había echado tantas fotos del lago que me daban para poder crear una panorámica, y bueno; con la cantidad de fotos de vegetación tenía material de sobra para crear mi propio parque.
Sentía haberme llevado un trozo del Retiro a mi casa, me sentía dentro de él.
Sí, había conseguido lo que quería.
miércoles, 4 de noviembre de 2009
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